Tengo cinco años, o dieciocho, o noventa y trés. Estoy soltera, o casada con los amores platónicos que amo tener. No tengo hijos, pero tengo millones de hermanos, por elección. Me encantan los Beatles y soy adicta al chocolate. Le tengo pánico a las agujas, y a los gatos, y al amor. Tengo un montón de nudos, y no solo en la espalda. El nudo más grande lo tengo desde hace mucho tiempo, empieza en la garganta y no sé dónde termina, pero a veces duele tanto que me deja sin respiración. Experiencia tengo mucha, me caí mil veces y me tuve que levantar mil veces más, y muchas veces, sin ayuda. Vi cómo se desmoronaba el (mi) mundo, y lo volví a construír de cero. Vi romperse una pata de la mesa, y vi a otra de las patas lastimarse un poquito. Me sentí sola, y después descubrí que lo estaba. Me faltó la respiración de vuelta, y de vuelta. Me peleé con mi cabeza, y con él, que ya no está.
Tres idiomas los sé bien bien, del resto solo sé un par de palabras, pero me enamora hablar en el idioma del amor,me da hambre el idioma de las mejores pizzas y pastas y me da frío el idioma de el del bigotito...
Me gusta usar máscaras, y que todos nos las creamos. Me gustan las cosas difíciles, pero a veces agarro el camino fácil, porque duele menos.
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jueves, 24 de marzo de 2011
jueves, 24 de diciembre de 2009
El chico del jardín de infantes
Si el chico del jardín de infantes hubiera aparecido antes, quizás todo sería completamente diferente. Capaz estarían de novios, capaz solo serían mejores amigos, capaz... pero no. El chico del jardín de infantes había llegado tarde y con miedo a enfrentar las cosas. Le había hablado de todo, de sus experiencias de vida y de las que soñaba tener algún día, de su familia, de sus amores y de sus desamores.
La había llevado a recorrer el mundo. Un mundo juntos, hecho solo para ellos dos. Lo recorrieron de la mano en menos de ochenta días, en más de un siglo. Se apoyaron en todo momento. Se enamoraron, y habían vivido una pseudo historia de amor. Era, por demás, falsa.
Ella le había contado de todo, y él la había escuchado. El chico del jardín de infantes, también le había contado de todo, y ella le prestó su oreja. Pero un día pasó. Un día, el chico del jardín de infantes no pudo seguir escondiendo la verdad, seguir viviendo en ese cuento de hadas, donde siempre existe el final feliz.
El chico del jardín de infantes ya no era un chico, ni tenía el complejo de peter pan. El chico del jardín de infantes era un hombre.
Y como hombre, había roto con su palabra. Le había prometido que nunca le mentiría, que nunca la lastimaría, y que nunca se iría de su lado.
El chico (ahora hombre) del jardín de infantes, de un día para el otro había desaparecido sin dar explicaciones, dejándola con el corazón destrozado. Ni siquiera se había molestado en mirar atrás, para ver, por última vez, al amor de su vida. Claro que no iba a mirar para atrás, no era lo suficientemente valiente como para llevarse, como última imagen, a la chica que amó desde antes de estar en el útero, completamente destrozada. No podía, ni quería. Estaba teniendo una actitud muy egoísta, y se odiaba por eso, pero más se odiaba por tenerle miedo a enfrentar la verdad de las cosas.
La había llevado a recorrer el mundo. Un mundo juntos, hecho solo para ellos dos. Lo recorrieron de la mano en menos de ochenta días, en más de un siglo. Se apoyaron en todo momento. Se enamoraron, y habían vivido una pseudo historia de amor. Era, por demás, falsa.
Ella le había contado de todo, y él la había escuchado. El chico del jardín de infantes, también le había contado de todo, y ella le prestó su oreja. Pero un día pasó. Un día, el chico del jardín de infantes no pudo seguir escondiendo la verdad, seguir viviendo en ese cuento de hadas, donde siempre existe el final feliz.
El chico del jardín de infantes ya no era un chico, ni tenía el complejo de peter pan. El chico del jardín de infantes era un hombre.
Y como hombre, había roto con su palabra. Le había prometido que nunca le mentiría, que nunca la lastimaría, y que nunca se iría de su lado.
El chico (ahora hombre) del jardín de infantes, de un día para el otro había desaparecido sin dar explicaciones, dejándola con el corazón destrozado. Ni siquiera se había molestado en mirar atrás, para ver, por última vez, al amor de su vida. Claro que no iba a mirar para atrás, no era lo suficientemente valiente como para llevarse, como última imagen, a la chica que amó desde antes de estar en el útero, completamente destrozada. No podía, ni quería. Estaba teniendo una actitud muy egoísta, y se odiaba por eso, pero más se odiaba por tenerle miedo a enfrentar la verdad de las cosas.
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