miércoles, 4 de agosto de 2010

Confesión

No es que me haya vuelto protagonista, eso no va a pasar, y si llega a pasar, no sería en este blog, pero sí terminé contando un cuento -o mejor, una historia- que no pensé que contaría, que tiene otros protagonistas, pero que yo ando por ahí metida en la historia...

domingo, 1 de agosto de 2010

Pájaro carpintero

Con un par de palabras elegantes, previamente elegidas y posicionadas de manera tal que lograron tocar hasta al más frío de los icebergs, se volvió imposible no pensar en vos. Y pensar en vos significaba, también, dejar sangrar esa herida que todavía no cerró, y dudo que pueda llegar a sanar algún día. Sé que el relator no tenía la culpa de nada de lo que pasó, y ni siquiera estaba enterado, pero haberlo escuchado, hizo que te convirtieras en una especie de pájaro carpintero, picoteando mi cabeza todo el tiempo, obligándome a tenerte presente veinticuatro horas al día y un poco más también.
No es que no me guste tenerte presente, ni que esté negada, ni mucho menos, simplemente que no me gusta dejarme sangrar adelante de los demás, porque los que me rodean sí sabían la parte de la historia que el relator desconocía y no se separaban de mi lado, ayudándote en tu tarea de pájaro carpintero.
Y como si los planetas se hubieran alineado en mi contra, lo que siguió no me ayudó de mucho. Canciones, palabras, situaciones, hasta perfumes, y la herida cada vez más abierta.
La idea de ir a visitarte con urgencia, apenas terminara el viaje no desapareció ni por un segundo de mi cabeza, hasta llegué al punto en el que lo tuve que decir, porque te sentía en cada cosa que hacía, y se volvía imposible disfrutar.
El viaje terminó, y todavía no te fui a buscar, pero sé qué no falta mucho para ir a hablarte, por más que me escuches todo el tiempo, necesito ese encuentro para poder estar bien conmigo.

jueves, 10 de junio de 2010

Alguna vez escuché decir que la vida es una rueda, a veces estamos arriba, a veces estamos abajo y a veces a los costados, sin saberlo, muchas personas te ayudan a seguir girando, así como también, nosotros ayudamos a otros. Yo en este momento puedo asegurar que la vida es una rueda, no porque nos la pasemos rodando con ayuda de (y ayudando a) otros, sino porque volvemos a un mismo punto de partida, es como una calesita infinita: Uno disfruta de las pequeñas cosas de la vuelta, así como también sufre muchas otras cosas, los afortunados algunas veces se puede sacar la sortija, haciendo que la calesita de un giro de trescientos sesenta grados (cambiando por completo el rumbo que estaban tomando las cosas). Lástima que siempre me consideré una chica sin suerte.

No es que haya tenido una vida de mártir, ni nada por el estilo, sé que tuve muchísimas cosas y que muchas veces no supe darles el valor adecuado, pero también sé que los vínculos afectivos no se hacen a partir de bienes materiales, y que nadie puede obligarme a sentir ni a dejar de sentir. Y a lo largo de mi vida sentí –y dejé de sentir- muchísimo, porque de eso se trata, de sentir.

Por suerte (valga la redundancia) hay luces, y no hablo de pequeños destellos, sino de esas luces que enceguecen, que se aparecieron en mi camino, a rodar conmigo, y a demostrarme que a pesar de creerme una chica sin suerte, puedo ser la mujer más afortunada de toda la galaxia, porque esas lucecitas que iluminan mi vida, son la envidia de cualquier persona. Por primera vez en mi vida, había sacado la sortija, y ese giro de trescientos sesenta grados habían sido ellas, que habían aparecido para quedarse, y acompañarme en mis días sin suerte.

Pero como la vida es inquieta, metida, y bastante problemática, la tranquilidad y la suerte de la sortija no duró demasiado. Probablemente, todo tenga un por qué, una causa justa, y una explicación, pero se me hace imposible entender, y en algunos casos aceptar.

En la vida de una chica sin suerte, una se acostumbra a este tipo de cosas. A la eterna caída, al golpe más duro y hasta a la tormenta más fuerte, hasta cierto momento. Hay un punto en el que hay que frenar y acomodarse lo suficientemente rápido para seguir rodando a la par de la vida, y no quedarte atrás. Y rodar se torna difícil, extremadamente difícil, agotador y duro.

Las palabras se quedan atragantadas en el medio del camino, las pocas que llegan a la boca mueren antes de los dientes. Los ojos se empañan todo el tiempo y las cataratas del Iguazú son un poroto al lado del río de agua salada y cristalina, que cae surcando montañas, y se estrella contra el piso, ahogando uno de tantos pensamientos. El corazón bombeando más rápido de lo normal, y al mismo tiempo muchísimo más lento. El reloj detenido en vaya uno a saber qué horario y el nudo en el estómago más apretujado que nunca.

La necesidad de pisar el suelo firme, y la ausencia del suelo, rodar arriba, siempre. Con las luces, pero un poco más apagadas, porque lo que me afecta, les afecta, y viceversa. Seguir buscando –y rodando- y no encontrar nunca lo seguro. Apagarse, de a poco y discretamente. Juntas. Siempre.

Yo puedo resignarme a ser una chica sin suerte, puedo soportar partidas, así como me puedo alegrar por sobre manera de las llegadas, puedo postergar festejos, puedo olvidarme de mi existencia para que alguien más exista, puedo olvidarme el quilombo del marote, puedo rodar cuesta arriba, y me animo a dejarme caer… hasta tocar fondo.

Vida, yo estoy lista para dar batalla, pero no si me cortás las piernas, si me apagás las luces. Acepté que te llevaras una de las patas más importantes de mi mesa, que me hicieras construir de vuelta, desde cero, ese mundo que sentí –siempre se trata de sentir- que se venía abajo, acepté dejarlo ser, para siempre, acepté ponerme a correr en círculos, cuando no había salida, hasta no sentir las piernas, acepté la ausencia, acepté el dolor, y acepté tantas otras cosas.

Pero si la vida se basa en un dar y recibir, ¿Por qué acepto tanto y recibo tan poco? No pido nada muy difícil. No quiero una vida de lujos, no quiero viajar por el mundo, no quiero bienes materiales –acordate que aprendí hace mucho y de un golpe que las relaciones no se basan en lo material-, no quiero que la rueda vaya por el camino fácil, no quiero vivir sin obstáculos, ni siquiera pido que saques del camino a la gente que quiere envenenar, porque con ellos se crece y se aprende, no quiero lo fácil, ni lo rápido, lo único que quiero es que no te metas con mis sostenes. Que dejes de joderle la vida –sí, te jodés a vos misma de tan jodida que sos- a mis luces, a mis piernas y brazos, a esas personas que hacen que tenga ganas de ponerle onda cada día.

domingo, 6 de junio de 2010

¿Qué se siente?

A ver, qué se siente
Cuando no se siente nada
Te vaciaste de palabras
Se murieron las mañanas.

Te despertás y escuchás voces que, poco a poco, se van aclarando. Al principio no entendés nada, estás demasiado dormida y las palabras no tienen mucho sentido, son solo murmullos, que después empiezan a tener sentido. Entendés quién habla y por qué, pero todavía no entendés muy bien de qué habla. Y bingo. Entendés todo. Entendés tanto que los ojos se te llenan de lágrimas y llorás a moco tendido, escondida para que no te vean.


Qué se siente
Cuando todo se termina
Con el alma malherida.

Llorás, llorás y sentís cómo el mundo que construíste en tus pocos años de vida se va cayendo de a poquito. A partir de ahora te tenés que construir uno nuevo porque desde que naciste viviste una mentira. Capaz no es tan grave, pero duele. Duele porque sentís el dolor del que devela el secreto. Duele porque te deja el corazón a flor de piel, porque era una mentira para vos, porque ya lo sospechabas desde hacía un tiempo, pero sospechar es muy diferente a tener certezas.

Corazon hecho pedazos
Sin retorno del fracaso
Solo un hueco de dolor
Un agujero sin amor.

Y de repente sentís un vacío enorme. Un vacío que duele. Un vacío que nunca creíste que ibas a sentir. Solo un hueco de dolor.

Qué se siente
Porque lo ha perdido todo
Tan ausente, Tan aislado
Qué se siente
Qué se siente
Como un nudo en la garganta
Y un dolor que no se acaba.

¿Qué se siente?

Best Seller

Biografía no autorizada de un Juan que nunca existió -cualquier semejanza con la irrealidad es pura coincidencia-


Juan nació el 23 de diciembre de 1983, Juan tiene un hermano más grande que lo cuida mucho. Cuando Juan tenía cinco años le regalaron un pez, Juan se aburría viendo nadar al pez pero otra mascota no lo dejaban tener. Juan hace un año abrió una bicicletería, ahora Juan es todo un hombre de negocios, Juan tiene rulos, Juan es alto, Juan usa bufanda y una campera de corderoy, Juan tiene un jean que usa todo el tiempo pero... ¿Quién es Juan? Juan es un hombre normal, con sus tiempos y problemas como cualquier otro. A Juan le gusta desayunar tostadas con manteca y un vaso de café o de lo que haya, Juan a veces se siente solo, como todos, pero encuentra en Mongo, su perro (ahora que Juan podía elegir la mascota definitivamente había sacado de su lista de mascotas al pez), la compañía necesita para estar bien. Juan ama las galletitas con forma de anillo, sobretodo las rosas con un intento de sabor a frutilla, Juan a veces come bizcochos agridulces. Los viernes a la noche Juan pide pizzas o empanadas porque llega cansado, saborea las pastas que le hace mamá los sábados y disfruta los asados de papá los domingos. Juan es más o menos alto, tiene el pelo castaño y ojos color miel.
A veces, solo a veces, se toma tiempo para hacer nada, generalmente esta corriendo –o andando en bicicleta- todo el día, del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Yo creo que la rutina lo cansa pero está en Juan cambiar las cosas o no. Juan nunca tiene tiempo para hacer lo que realmente quiere y por eso está siempre apurado con el tiempo suficiente. Juan tiene y tuvo muchos miedos como a los payasos, la oscuridad, el monstruo que se esconde debajo de la cama, que se le venga el mundo abajo, miedo a lo que piensen los demás de él. Juan le tiene mucho miedo a los médicos, Juan vive preocupado. Juan no sabe muchas cosas de cocina ni de limpieza, tampoco sabe hacer bien la cama, si fuera por Juan todo el mundo dormiría hasta tarde todos los días. Juan se tiene que afeitar día por medio, Juan a veces se lastima cuando se afeita. Juan siempre cuenta historias. A Juan le gusta escuchar cd’s de los Beatles, Sui generis (Sobre todo esa canción que dice “Juan Represión viste un saco azul, triste, vive como pidiendo perdón y se esconde a la luz del sol”) y Seru Giran, tiene la discografía completa de todos. A Juan le gustaría tener una banda, tiene millones de letras que escribió cuando tenía tiempo de volarse. A veces -solo a veces- se toma tiempo para hacer nada. Ahí es cuando escribe y se inspira. Ahí es cuando se toma tiempo para pensar en ella. Ella se llama Sol, a Juan le gusta mucho hablar y estar con Sol pero la diferencia de edad lo preocupa, Juan sabe que tiene que esperar unos años pero a veces le gustaría dejar de pensar en los demás y hacer lo que él quiere. A Sol también le gusta hablar y estar con Juan y tiene en claro lo de la diferencia de edad. Sol y Juan a veces se encuentran pero sólo como amigos. En realidad no es ese Juan, eso es lo que Juan quiere que sepamos sobre él. El verdadero Juan desayuna tostadas con manteca porque la abuela siempre le hacía comer eso en el desayuno cuando se quedaba a dormir en su casa, al verdadero Juan no le gusta mucho la comida que hacen sus papás pero no quiere admitir que se siente solo y que le gusta estar en familia, el verdadero Juan come las galletitas con forma de anillo porque le hacen acordar a su infancia, tienen un gusto especial para él. El verdadero Juan cuenta historias porque le gusta fantasear con que alguna vez vivió o sintió lo que cuenta. El verdadero Juan escucha esa música porque le gusta y porque lo hace volar, lo lleva a un mundo en el que solo existe lo que él quiere que exista y hace que se olvide de todo y todos los demás. El verdadero Juan no tiene ojos color miel, tiene ojos naranjas que miran más allá de lo que una persona puede ver, miran más lindo, más profundo. A Juan le da miedo jugarse por Sol, al verdadero Juan también le da miedo pero ya se jugó y aunque los demás no se den cuenta el dice que no para poder estar o hablar con ella, cuando está con Sol, Juan se convierte en el verdadero. El verdadero Juan no pide pizzas porque está cansado, pide pizzas porque le gusta hablar con el chico del delivery y siempre se quedan horas conversando como grandes amigos. El verdadero Juan le pone nombre a las cosas, su almohada se llama Malena, su cepillo de dientes Fátima, el peine Gabriel, la televisión Agustina y así con todos los demás objetos que tiene en Margarita, su departamento. El verdadero Juan sabe que el tiempo es interno y que si tiene ganas puede hacer que una hora dure un día y un mes cinco años. Todo esto lo pensaba el verdadero Juan cuando viajaba en colectivo para poder encontrase con Sol.

Palabras más palabras menos

Palabras más, palabras menos
Palabras más o menos ayer me decías
Palabras más o menos que no me quieres
Palabras más o menos me estás dejando en cueros
Palabras más, palabras menos
Palabras más palabras más palabras menos

Hay una variedad infinita de silencios. Hay un millón y medio de formas de nombrarlos, por no decir que un poco más también. Hay silencios incómodos, silencios que relajan, silencios que siembran incertidumbre, silencios que derrochan certezas. Hay silencios y hay palabras. Hay palabras hechas de silencios y silencios hechos de palabras. Hay palabras de silencio, y silencios de palabras.

Palabras más palabras más palabras menos
Es lo que menos te puedo dar, es lo de siempre
Palabras viejas palabras sólo como pasatiempo
Palabras que soplan en el viento
Palabras fáciles de olvidar

No sé cómo será para vos, pero el silencio de mi parte no es de arrepentiemiento porque estoy convencida -y esto solo pasa unas pocas veces- de que yo no tengo la culpa. Tampoco sé qué sentirás con tu silencio, pero a mí no me afecta, a lo largo del tiempo me construí una coraza -destructible, obviamente, pero que cada vez se vuelve más fuerte- que me defiende. No sé en qué quedará este silencio, que en realidad está lleno de gritos, rencores, peleas, y palabras por demás, para mí es fácil de olvidar, es más, casi ni me lo acuerdo.

Palabras más o menos las que hoy me duelen
Palabras más o menos sentimientos ajenos
Palabras más o menos palabras que pueden lastimar
Palabras menos menos menos palabras más
Palabras más, palabras menos.

Y a pesar de mi súper coraza, las palabras (o los silencios), me duelen hoy, ayer y siempre, y si antes dije, o te hice creer, que no me afectaban es una vil mentira a mí misma para no aceptar la realidad, porque además de escudo, es máscara (y más cara también). Y del silencio que nos separa -o nos une- hay palabras ajenas, que intentás mechar para ver si se me mueve algo en el interior, y no lo lográs. Agregás palabras, sacás palabras.

Palabras más palabras más palabras menos
Es lo que menos te puedo dar, es lo de siempre
Palabras viejas palabras sólo como pasatiempo
Palabras que se lleva el viento
Palabras menos, palabras más.

Y así y todo, ccon un abismo de silencios (o de palabras más) en el medio, no necesito hablarte para darte a conocer mis sentimientos, no necesito palabras para demostrártelos, y vos, en tu silencio, los conocés perfectamente. Hay palabras más, palabras menos, pero entre silencios, te quiero.

domingo, 23 de mayo de 2010

¿Querido Papá?:

No sé cómo empezar a escribirte, no sé si decirte papá, si llamarte por tu nombre, poner “A quien corresponda”, o simplemente dirigir esta carta a un desconocido.

Desde que te fuiste, hay un pensamiento que no puedo borrar de mi mente. Siento una angustia que se apodera de mi ser, y un poco de culpa por sentir lo que siento. Desde que te fuiste, mi cabeza no para de maquinarse, de pensar y re pensar, y mi corazón no deja de sentir. Hay días en los que me siento con el corazón encogido, y hay días en los que explota de alegría.

Desde que te fuiste, la historia cambió por completo; una historia que yo puedo empezar a contar remontándome a veinte años atrás, pero que sé que viene desde mucho antes.

Siempre te consideré increíble, desde que di mis primeros pasos, hasta que intentabas hacerme entender cosas obvias –para vos- de física. Te admiraba, a vos, a tu inteligencia, a tu paciencia, a tus ocurrencias, todo lo que hacías, me hacía verte como un ejemplo de lo que yo quería ser cuando fuera grande, definitivamente eras mi ejemplo a seguir, eras el único capaz de tranquilizarme cuando me faltaba la respiración y me sentía morir, y el único capaz de hacerme entender cómo resolver un problema matemático. Creo que hasta antes de tu viaje, se podría decir que era el ejemplo vivo de un complejo de Edipo nunca curado.

Era conocedora de tus defectos, y sé que tenías muchos, pero los podía aceptar, así como también era conocedora de tus virtudes, que también eran muchas.

Verte media hora por día era suficiente para mí. Ser cómplice de tus chistes, entender tus miradas, tener códigos y compartir costumbres me hacían sentir la chica más feliz del planeta. Estábamos muy lejos de ser la familia Ingalls, pero para mí éramos la familia perfecta, la familia que me había tocado, y por la cual daría mi vida.

Claro que no todo es color de rosa. La vida golpea, y cuando lo hace, lo hace bien fuerte. Dudo que haya vacilado en golpearme, cuando un día, abrí los ojos y ya no estabas. Ni vos, ni tus cosas. Mamá, en ese momento, tratando de ocultar sus ojos llorosos y la tristeza, me dijo que te habías ido de viaje, aclarándome que era un viaje de ida únicamente, y nosotros teníamos terminantemente prohibido acompañarte o tener algún tipo de noticias tuyas. Vos estabas dispuesto a rehacer tu vida, sin dar ningún tipo de explicación, claro que no tenías por qué darlas, pero creo que me hubiese gustado conocerlas y saber tú versión.

A partir de ese día tu figura empezó a caer. Ya no eras “mi mejor papá”, ni mucho menos un ejemplo a seguir. Ese día empezaron a surgir verdades que explicaban muchísimas partes de la historia, que yo, inocente, nunca había sabido decodificar, y poco a poco, la idea de súper papá se fue desmoronando.

¿Qué clase de padre abandona a su familia? Supongo que habrás tenido tus motivos, pero ¿Eran tan fuertes como para olvidarte de nuestra existencia? Sé, por los huecos que logré llenar en estos veinte años, que no te costó en lo más mínimo alejarte, que era algo que venías planeando desde hace tiempo, y que no te costó en lo absoluto desprenderte de nosotros.

Tengo que admitir que me duele. Me duele que te hayas ido, claro, eras mí viejo, pero más me duele sentir lo que siento en este momento. Me duele sentir que no te extraño, que la vida sin vos es igual, porque en realidad, nunca pude vivir una vida con vos presente, me duele sentir que esa media hora nunca alcanzó, y que lo único que rescato es que me ayudaste con las materias numéricas que fueron, son y serán una gran dificultad en mi vida. Me duele hasta lo más profundo de mi corazón saber que por vos, yo ponía las manos en el fuego, mientras vos dejarías que me queme. Me llena de culpa pensar que te quise por obligación –por el lazo que nos unía- y no porque realmente te hiciste querer. Supongo y espero que me puedas entender, así como yo me carcomo la cabeza día y noche tratando de entenderte a vos.

Y tratando de entenderte, llegué a una conclusión que parece no querer irse de mi cabeza. No quiero vivir sabiendo que va a dar lo mismo, no quiero pasar por la vida desapercibida. Por más que no me guste resaltar entre la multitud, no quiero vivir sabiendo que solo voy a ser una persona más del montón, me gustaría marcar un antes y un después, no pido a nivel país, ni mucho menos a nivel mundial, me conformaría con dejar una huellita en la vida de alguna persona, poder marcar un cambio, y poder marcar en otro, lo que vos no marcaste en mí. Me gustaría ser un planeta, un sol, o una luna en algún universo, y no ser una estrella fugaz en todos.

Sé que ésta no va a ser la última vez que te nombre, así como también sé que a pesar de hacerme sentir que todo sigue igual, tu aporte de estrella fugaz me hizo replantearme varias cosas, y por eso, creo que te tengo que agradecer, por hacerme abrir los ojos, y saber que no quiero ser lo que fuiste vos para mí.

Por mucho tiempo estuve cerrada al amor, muerta de miedo por llegar a ser lastimada como vos nos lastimaste a nosotros, no estaba preparada para volver a soportar ese dolor desgarrador, y mucho menos dejar sangrar esas heridas, pero me decidí, y le di una oportunidad.

Empecé a salir con Benjamín, uno de mis grandes sostenes a lo largo del proceso de sanar la herida que vos abriste. No será un príncipe azul de esos que aparecen en las películas de Disney, ni la clase de chico con la que yo me imaginaba terminar, pero para mí sí es un príncipe, que me salvó de un gran dolor, no fue con un beso, ni combatiendo a un dragón, fue mucho más simple pero al mismo tiempo más complejo, me acompañó, me sostuvo bien fuerte para no dejarme caer, y me ayudó a enfrentarme a mis mayores miedos, y así como él está marcando de a poco esa huella de la que hablé antes, sé que yo puedo marcarlo a él.

Aunque dudo que alguna vez leas esto –por más que sepa cómo hacerte llegar la carta, no sé si quiero- me pareció importante que supieras algunas cosas de mi vida, por si en algún momento decido mandarte esta carta, que sepas que soy feliz, y que si en algún momento pensás volver, cosa que dudo, estoy dispuesta a escucharte, a conocer tu historia, de principio a fin, pero no sé si estoy dispuesta a volver a abrirte las puertas, porque no sé si voy a poder soportar el dolor de la caída, una vez más.

Espero, de corazón, que vos estés bien, que hayas empezado de cero y con el pie derecho, y que no te vuelvas a equivocar, porque podés lastimar a muchísima gente.

Gracias por ayudarme a crecer, un poco de golpe, y a convertirme en la persona que soy ahora, un poco cerrada e insegura, pero dispuesta a darle una mano a quien sea, gracias por hacerme aprender a encontrar a las personas a las que verdaderamente quieren darme la mano, y por hacer que todos los demás golpes duelan como si apenas fueran un rasponcito.

Que te vaya bien en tu nueva vida.

Camila